Letras Libres, Edición España, 3 2013



By Alain-Paul Mallard

 

Tras diez intensos días por el altiplano, vuelvo a reunirme en Uyuni con Scarlett y con Carlos. Al arrastrar mi equipaje desde la estación de tren, piso territorio conocido. Volver al Hotel Inti —¡el mural del adusto guerrero emplumado y la voluptuosa doncella inca!— es un poco como volver a casa. Desde su cama deshecha, con el torso desnudo, el propietario cambia los canales del televisor y vigila el pasillo por la puerta entreabierta. Me saluda, untuoso y sonriente, señalando sin levantarse una llave en el tablero:

—Tome la 14, caballero, su cuarto de siempre. De allicito del estante tome su toalla y su papel higiénico.

Scarlett ha retornado de La Paz con las manos vacías: la bruma luminosa continúa atrapada en los meandros administrativos. Inflexibles, los aduaneros hacen gala de virtud. Ya se verá.

 

El Hotel Inti da a una amplia plaza que alguna vez tuvo veleidades de jardín. No tiene mucho de haber amanecido. Espero en una banca bajo el despejado cielo de fines de noviembre mientras Carlos lava a cubetazos la camioneta.

Los parterres triangulares de la plaza son grises desiertos bonsái. Uyuni es un pueblo sin árboles: la tierra es demasiado pobre y salina. A mediados de los años setenta, un vecino inspirado acudió a la municipalidad para informar que si se cavaba un hoyo en el suelo, se lo llenaba con tierra traída de fuera y se plantaba un arbolito, el arbolito prendía. Tras ir a constatarlo —el primer árbol de Uyuni verdeaba, efectivamente, en el patio de la casa—, la alcaldía y la ciudad entera acogieron la idea con un enorme entusiasmo. Se hizo venir por tren, desde Cochabamba, fragante tierra negra. Se cavaron en la plaza hoyos de 2x2x2 metros y se plantó una veintena de arbolitos.

La población se vuelca en mimos: les trae, con largueza, de beber. Por las noches se los envuelve en cobijas para protegerlos del frío. Los arbolitos, para júbilo general, comienzan a crecer. Soportan mal que bien el paso del invierno. Pero viven sobre recursos limitados. Sus raíces crecen y se ramifican, la cofia abriéndose confiadamente paso en la noble tierra cochabambina hasta salirse del perímetro de seguridad. Y entonces se beben la sal de la tierra. Y se van secando, enroscando, muriendo envenenados ante la mirada impotente de los uyunenses.

Fueron rencorosamente arrancados. La gente se robó la tierra y los hoyos, llenos de basura, quedaron abiertos más de una década. Todavía hoy se los distingue.

En la plaza hay un inmenso tobogán de tres jorobas; un astroso montón de bultos, trapos y bolsas del que emerge una prehistórica mendiga a calentarse al sol; un mural torpe y colorido —ante un hirviente y solidario perol, mujeres bien arropadas ofrecen sopa a apuestos ferrocarrileros— que no se ruboriza de su función social. Dorado en el flanco poniente de la plaza queda el gran galerón del Coliseo Municipal. Las bardas ostentan caducas proclamas oficiales —“Por la refundación de Bolivia, SÍ a la nueva constitución.”— y retratos de Evo. Bajo estos últimos, pintas de oposición ponen en duda su hombría.

Poco a poco la ciudad de Uyuni se va desperezando. Algunas muchachitas, de minifalda a pesar del fresco, cruzan la plaza en diagonal. Rumbo a la secundaria. Una se acerca. Envolviéndola como un perfume, una matinal nube de cumbia la precede y, sin prisa, pasa con ella de largo. Llleva un radiecito encendido en el bolsillo. La mochila en bandolera bota tímidamente en ritmo con los pasos de sus piernas cobrizas.

Carlos silba y me hace señales desde el techo del vehículo. La patrona ya está lista para ir a desayunar. Sus maletas de cámaras, lentes, filtros, exposímetros aguardan en la acera. Acudo a ayudarlos a cargar el material.

 

En las calles de Uyuni, hordas de perros variopintos retozan, ladran, se ayuntan, sestean a la sombra de las bardas, hurgan en los montones de basura, se disputan a gruñidos unos pellejos. Trotan, felices y mugrientos, en total libertad. Viven —se los deja vivir— con canina plenitud. Para ellos al menos, la desangelada Uyuni es el paraíso terrenal.

Sentada al aire libre, Scarlett me describe el programa del día, me muestra un par de bocetos. Bebemos café con leche y establecemos una lista de materiales, que Carlos recoge y parte a buscar.

Desde la mesa del desayuno arrojo al gran perro tuerto que dormita una costra de pan. Craso error. De inmediato nos rodea, para horror de las turistas inglesas que se untan bronceador en la mesa de junto, una expectante jauría, canina corte de los milagros.

Carlos retorna de las ferreterías con herramienta, materiales, con víveres y agua. Llenamos los tanques de gasolina y partimos nuevamente al salar.

 

Estamos en mitad de la nada.

Con el visor de campo en la mano izquierda, Scarlett se pasea evaluando en silencio diversos parámetros: las siluetas lejanas de los montes —Isla Pescado; el volcán Thunupa en óxidos y grises, imponente aún en su lejanía—, la claridad de líneas en la retícula de sal, el ángulo de incidencia de la luz matutina. Se asoma al visor y, a partir de un elemento ausente que sólo existe en su espíritu, establece la composición. Dispone enseguida, y nos lo indica con largas zancadas y virajes en ángulo recto, dónde habremos de trabajar.

Quiere pintar una suerte de alfombra colorida en la blancura del Salar, cada polígono en un color diferente.

Soy yo quien me ocupo del trazado. Sugiero un rectángulo en sección áurea, que Scarlett descarta como mera frivolidad. Cinco por siete metros, y con eso basta, dice, e indica la orientación. Así que armado de una larga piola de plástico, lápiz, martillo, clavos para calamina, y vaporosas nociones de agrimensura egipcia —la cuerda de trece nudos—, trazo el gran paralelogramo que habrá de servir de límite al color.

Las latas de pintura llegaron de madrugada, enviadas por Gastón desde La Paz. Fuimos a buscarlas a la estación de autobús. Pintura blanca, a base de agua, a la que Scarlett va agregando colorantes líquidos —violeta, bermellón, azafrán, ocre— en busca del tono adecuado. Con un palo de escoba, bate con vigor la pintura en el balde en el sentido de las manecillas del reloj. Reparo en ello porque yo suelo batir pintura en el sentido inverso… ¿Será, me pregunto, porque Scarlett es zurda? ¿O porque estamos al sur del Ecuador?

Carlos nos propone una pausa antes de comenzar a pintar. Ha preparado emparedados de sardinas con locoto y paltita. La sal la rascamos directamente del suelo, con una navaja, y la espolvoreamos sobre la palta, sobre las frescas rodajas de tomate. 

De pronto, en el horizonte, un punto negro. Imposible a un principio saber si es hombre o vehículo, si se aleja o acerca.

Resulta ser una pequeña pick-up destartalada que a toda velocidad, en un giro abierto, circunda como un ave de presa la parcela con nuestro trazado. Carlos y Scarlett se miran con desazón. Bruscamente el piloto tuerce el timón y se acerca a nosotros en línea recta, dispuesto a arrollarnos. Se detiene de un frenazo a escasos cinco metros.

Seguro de sí, un hombre enjuto, correoso, moreno en extremo se baja del auto sin cerrar la portezuela y su mirada recorre con recelo nuestros inocentes trazos y cuerdas, el trípode, las latas de pintura.

—¿De qué comisión vienen? —nos grazna sin quitarse los anteojos oscuros.

Lleva una gorra, una sudadera que alguna vez fue gris, guantes de carnaza, la bragueta abierta. (Más tarde debatiré con Carlos si graznó ‘comisión’ o ‘concesión’.)

—De ninguna, estamos tomando unas fotos…

—Qué, ¿son geólogos? ¿o ingenieros, o qué? —pregunta hosco, autoritario.

Me embrollo un poco al explicar, con demasiado detalle, que Scarlett es fotógrafa, que es holandesa, que estamos preparando el terreno para sacar una fotografía, que los tintes serán solubles en agua…

Poco parece interesarle. Sordo, se empecina:

—¿Vienen por el litio?

Avizoro de pronto una posible salida: Gastón tiene décadas de merodear por el Salar, conoce gente.

—Somos artistas, amigos de Gastón Ugalde.

El rostro inexpresivo, de justiciera deidad andina, se suaviza de inmediato: él también es amigo del Gastón. Es vigilante y ha estado patrullando, haciendo decomisos. Nos conduce a la caja de su camioneta: largos troncos huecos de madera de cardón. Clara, agujerada.

—Esos palos tienen como cien años. Los han estado cortando allá en las islas— señala vagamente su mano enguantada —y no se los puede cortar. Sólo se pueden recoger los ya caídos.

Fibrosa y resistente, el alma del cardón —el cactus gigante cuya silueta espinosa, en las islas del Salar, se delinea por docenas contra el cielo— es la única fuente de madera en la región. Refuerza con dinteles cacarizos los vanos de las puertas de adobe, da forma a algunos muebles toscos, sostiene, en delgadas vigas, las frágiles techumbres. El dilema: el crecimiento del cactus es lentísimo. Los testarudos órganos monumentales viven —acotan sin falta las guías de turismo, siempre preocupadas por vendernos lo excepcional— centenares de años.

Alfredo, que así se llama el vigilante, trabaja por cuenta propia desde hace cuarenta años. De su rostro cuerudo deduzco que hoy pasa de sesenta, aunque acaso no —el Altiplano es inclemente. Entonces no había movilidades. Pero él se puso a explorar y a vigilar el Salar. Entraba en bicicleta.

—Esto no era nada. A nadie se le figuraba que esto es algo que hay que proteger, que es una joya de la Naturaleza. A nadie le importaba nada el Salar. Nadie venía. Se reían de que viniera yo envuelto en ponchos a dormir en las cuevas, con las vizcachitas. Esos carros como el suyo que entran ahora, no había...

Sin transición nos envuelve en explicaciones deslavazadas sobre los lugares sagrados de los ancestros, alineamientos de ruinas alejándose en intervalos regulares desde el Thunupa hasta el volcán Licanbur. Y tan de improviso como llegara, se mete a su camioneta y azota la portezuela.

—Ahí me saludan al Gastón —grita ya maniobrando—, de parte de Alfredo, El Loco del Salar.

Se va. Nos deja jugar, El Loco. El guardián. Constató a su manera que éramos inofensivos. 

Comenzamos a pintar.

Trabajamos hincados, con brochas y rodillos. Scarlett ha dispuesto el esquema de color para toda la retícula. Carlos avanza con velocidad, cubriendo con el rodillo las grandes áreas centrales de cada polígono. Scarlett y yo terminamos el trabajo a la brocha, lentamente, pintando los bordes con un respeto estricto de las crestas de sal.

Estamos en mitad de la nada: blancura y silencio 360° a la redonda. Hasta el horizonte, no hay otra cosa que una enceguecedora costra de sal, una planicie calcinada. Nada en qué reposar la vista, nada que permita estimar distancias.

El cielo del Salar, por lo ordinario despejado —salvo en el horizonte—, lo cubre hoy por ventura una baja capa de nubes. Lo cual hace el trabajo llevadero. Coloreamos uniformemente los azarosos polígonos según las indicaciones cromáticas de Scarlett.

Pintamos.

Durante varias horas.

Al avanzar la tarde comienza a arreciar el viento. Desprende de las brochas y rodillos babas coloridas, hilos de pintura que ensucian zonas ya terminadas. Scarlett, para no arruinar con pringues amarillos su pantalón de mezclilla, lo ha vuelto sobre sí mismo como un guante. 

Mi brocha está embadurnada de bermellón hasta la empuñadura. La inflexible costra de sal me tortura las rótulas aún cuando me arrodillo sobre una bola de trapo. Una voz silenciosa me repite que esto de colorear a brochazos el desierto es, a todas luces, un acto absurdo. Esfuerzos inútiles: las posibilidades de que algún despistado esteta pase por aquí son remotísimas. Tan cansino monólogo ocurre a ras del suelo.

Al fin, el último polígono se cubre de amarillo yema y, adoloridos, enderezamos la espalda. Despejamos brochas y latas. Trepamos al techo de la camioneta para ganar en altura un par de metros.

Y hela ahí, la alfombra mágica.

Majestuosa.

Si nos ceñimos a la etimología, acabamos de ejecutar una pintura rupestre (del latín rupes, roca).

Arte rupestre en paint by numbers.

La primera impresión del hipotético viajero que por azar tropezara con ella en la inmensidad del Salar —hecho, cierto es, poco probable— sería que sólo volando por los aires pudo la alfombra llegar allí.

Pero dejando de lado los cuentos orientales, algo resulta indubitable. El desierto, mirado desde el techo de la camioneta no es ya un páramo indiferente: converge ahora hacia el rectángulo colorido. Me viene a la memoria aquel célebre poema de Wallace Stevens en que el poeta, con un acto simple y modesto —colocar un frasco de vidrio transparente sobre un montículo natural— disloca de inmediato y radicalmente toda percepción del entorno. Transforma el mundo natural en paisaje[1].

La alfombra de Scarlett logra trastocar el desierto de manera análoga. El preciso rectángulo —paralelas y ángulos rectos— impone geometría humana, civilizadora, a un universo mineral de gran regularidad irregular que pretende engatusarnos con una sola e ilusoria línea recta: el inalcanzable horizonte.

Hemos perdido la carrera contra el día. Es demasiado tarde para hacer las fotos. El cielo es un manto gris, uniforme y sucio sobre la blancura de la planicie. La luz, pusilánime. Habrá que retornar al amanecer en busca de un poco de carácter. Decidimos para ello no volver al lejano Hotel Inti, en Uyuni, e ir a pernoctar en alguno de los encalados caseríos —Jirira, Chantani, Tahua— regados al pie del volcán.

Antes de partir, Carlos y yo hacemos un par de viajes en camioneta hasta la Isla Pescado, donde recogemos rocas con qué erigir el mojón de inestable equilibrio que —cruzamos los dedos— mañana de mañana nos permitirá volver…

 

Calcar.

Calcar la alfombra directamente del piso del desierto para hacer fabricar una alfombra real… Una alfombra ¡en lana de alpaca! que reproduzca el dibujo; que niegue con su textura la dureza de la costra de sal; que reinterprete y transforme el gesto cromático dejado en el suelo; que permita enrollar y transportar un trozo de desierto…

Tal es la secuencia de ideas que el insomnio ha desgranado en la mente de Scarlett.

Se compra de mañana popelina blanca por metro en una minúscula mercería del Mercado Antofagasta con la intención de cortar el rollo en bandas y coser una gran manta a las dimensiones requeridas para el patrón exacto de la alfombra futura.

Scarlett, al cortarse el cabello en un salón de belleza de Uyuni, entabla plática con una mujer que la procura para practicar su inglés. Se entienden, conversan, y ésta pronto se ofrece para coser la tela. Puede tenerla lista, dice, dos días más tarde.

Transcurre el plazo. Griselda, maestra de inglés y costurera a sus horas, nos ha cosido lado a lado cuatro franjas de popelina de siete metros de largo por uno treinta de ancho. “¡Uy!, resultó más trabajoso”, cuenta Griselda al teléfono, “de lo que pensaba.” Las bandas de tela, de tan largas, eran pesadísimas y resbalaban en un montón informe al lado de la máquina, trabándola a menudo. Con un sólo pase las costuras no iban a aguantar, así que las hizo reforzadas. ¡Y Scarlett que había previsto pespuntarlas a mano, con hilo y aguja de su costurero de viaje, bajo el desganado neón de su cuarto de hotel!

Ya caída la noche, acompaño a Scarlett por las calles de Uyuni a buscar la tela. Un dejo de fritura inunda el aire. Es noche de mercado.

El marido de Griselda es militar en el denodado y aguerrido —tal es el lema— Regimiento Loa, que antaño peleara en la traumática Guerra del Pacífico. Tienen una casita en la zona residencial de los cuarteles, al poniente de Uyuni. Debe uno identificarse al pasar la valla de vigilancia.

Griselda nos pone entre brazos, por encima de la verja, un gran fardo blanco y resbaloso que insiste en desparramarse de un lado y otro de la reja. No pudo doblarla sola, se excusa, así que doblamos la manta en la oscuridad de una calle sin alumbrado. Cada quien tira de una esquina —su hija de siete años nos ayuda— tratando en vano de impedir que la manta arrastre sobre los polvosos adoquines. Es verdad, es inmensa. Desde lo alto de la torreta de vigilancia dos centinelas observan. No pueden no pensar en una enorme bandera de la paz, que para la garra y denuedo del soldado boliviano, será símbolo ambiguo.

Algunos billetes doblados cambian de mano. Griselda nos despide desde atrás de la verja. La niña pregunta para qué vamos a usar un mantel tan grande. Vamos a calcar, le explico, un pedazo de desierto. La explicación la satisface. Acepta, sin más, su misterio.

El cabo de guardia se apoya sobre el contrapeso. La barrera se levanta y nos deja pasar. Partimos con el escurridizo bulto de popelina a cuestas.

 

Nuevamente en el Salar —es de mañana— tendemos y tratamos de tensar la gran manta blanca sobre la alfombra de colores. El bermellón se adivina, por transparencia. A cuatro patas, Carlos, Scarlett, yo mismo, vamos siguiendo a tientos con marcadores indelebles los bordes de los polígonos de sal. Calcamos con aplicación el desierto.

Volví de mi rápida excursión a Tupiza con los mapas más precisos que el Instituto Geográfico Militar dispone del Salar de Uyuni. Los más detallados son a una escala de 1:50,000. A tal escala, cada cuadrado de 2 cm2 en el plano representa un kilómetro cuadrado de terreno. El mapa militar No. 61321 que describe 500 km2 de salar es, sin embargo, un mapa vano. Su rigurosa cuadrícula está total y absolutamente vacía: en el Salar de Uyuni no hay nada. Ergo, nada se puede señalar…

En una turbadora parábola intitulada ‘Del rigor en la ciencia’, Borges postula un remoto imperio cuyo acucioso Colegio de Cartógrafos levantara un mapa al tamaño del imperio mismo y coincidente en todo punto con éste[2].

La tarde declina.

Cuadrilla de enfebrecidos topógrafos bajo la batuta de Scarlett, calcamos directamente del territorio un mapa en popelina. La escala es uno a uno. Sobre la tela blanca, cruzada de líneas que recuerdan el dibujo en los flancos de la jirafa, aparece el mapa de la pequeña parcela del desierto que coincide puntualmente con ella. Tan vano a su manera como el de los cartógrafos militares, es, por el momento, el mapa más preciso que existe.

Lo doblamos. A tres, nos viene en falta un par de manos. Lo metemos a un costal. Ya lo leerán e interpretarán los tejedores de alfombras, sin riesgo de perderse en el desierto.

 

Cortaúñas y candados, detergentes, sartenes, eléctrica lencería, tinajas de plástico, plantas medicinales. Dos o tres veces por semana, en bulliciosas hileras paralelas, se alinean por la calle central de Uyuni —la avenida Potosí— los toldos y tenderetes de un mercado. Películas piratas, quesos frescos envueltos en hojas, cobijas sintéticas con soberbios tigres o enternecedores cachorritos, escobas, jeans, emparedados de pollo y chancho, controles remotos y piedras de afilar se disputan la atención del paseante.

“Aquí todo es caro”, protesta Carlos enardecido tras pagar en tres bolivianos la bolsita de champú que en las aceras de La Paz cuesta, si acaso, uno. Porque hasta el remoto Uyuni las cosas —guantes de hule, galleta surtida, flores de plástico, coca del Chapare— hay que hacerlas llegar. Y eso se paga.

Caminamos, a la zaga de Scarlett esquivando gente, rodeados por los sonidos rotos de las transacciones, por las músicas distorsionadas en los altavoces. A izquierda y derecha hay sandías venidas de Los Yungas, siete variedades de papa, electrodomésticos descaradamente chinos. “Bolivia entera es un mercado” es una frase que uno escucha a menudo. Y es verdad que en las calles se consigue de todo: un setenta por ciento de la boliviana es economía informal.

Tropezamos casi con un carrito de especias. Una chola rolliza con una guagua dormida a cuestas las vende a granel. Hay cucharones sepultos hasta la mitad en bolsas de ancha boca arremangada. Los polvos coloridos, materias todas de la tierra, tienen más o menos los mismos tonos que eligiera Scarlett para pintar su parcela de desierto. La chola —un destello de oro en su sonrisa— nos vende 250 gramos de pimentón molido, otro tanto de ají amarillo y de comino en polvo.

Al día siguiente, en el Salar, una prueba con un puñado de ají se revela concluyente: ¡son esos y no otros los materiales que deben intervenir en la pieza! Nada de pintura de agua o de aceite, no, sino temible ají, fragante canela molida, llamativo pimentón, cosquillosa pimienta negra, espolvoreados todos sobre la resplandeciente costra de sal... Una manera de devolver a la tierra lo que se ha sacado de ella. Una ofrenda. Una challa en polvo. Y una vez fijado el instante en la placa fotográfica, el implacable viento del oeste, las lluvias (que este año tardan en llegar), irán borrando el tapiz de especias, deshilachándolo, esfuminándolo, condimentando las lejanas lindes del Salar. La intuición en el mercado de Uyuni aporta a la pieza —de inmediato resulta claro— la pizca de sentido que parecía faltar.

Pero ya no estaré allí para mirarlo. Debo retornar hacia la insulsa Europa.

Carlos guiará a Scarlett por el hormiguero del mercado de El Alto y en cosa de una semana estarán de vuelta en Uyuni —nueve horas de brincos y de polvo, algún cambio de llanta— con la camioneta cargada de apretados, aromáticos bultos.